Es 1993, en Japón. Yukihiro Matsumoto —todos lo llaman Matz— programa a diario en Perl y Python.
Los respeta. Pero algo lo incomoda cada vez que escribe código en ellos.
Matz decide crear su propio lenguaje. No para resolver un problema técnico que Perl o Python no puedan resolver. Para resolver un problema humano: que programar sea, día a día, agradable.